Veinte veintiuno

Día 31.12.20, son las 22:48 
Finalizada la higiene buco-dental me dispongo a meterme “en el sobre”  (la cama) como solía decir una amiga.
Presiono el interruptor de mi radio de Internet, apago la luz de la habitación (con la de la radio es suficiente). Mis “uvas” antes de la hora tradicional, son las dos pastillas que debo tomar para mis enfermedades crónicas. No hay cava, ni copa. Solo un vaso de agua. La mitad se queda en el vaso sobre la mesilla 
La ventaja de la radio por Internet es que te ofrece cientos, por no decir miles de alternativas a la política y el deporte o a una música poco apropiada para los últimos momentos en vigilia. Reconozco que mi preferencia para dormir tiene poco que ver con una “nana” pero a mi me gusta, por lo tanto, ningún argumento en contra me serviría para nada. Mi elección es una emisora (no emiten por aire) que se llama “Radio CienciaEs” y que está relacionada con la web Cienciaes.com  Podéis imaginas de que pueden ir las “nanas” que me cantan. Se trata del peso de la luz, de las diferencias entre peso y masa y “mandangas” parecidas. No se, pero curiosamente la voz de Ángel Rodríguez Lozano me recuerda un poco a la de mi padre, pero no es eso; es la forma en que junto a otros colaboradores, presentan sus contenidos divulgativos. 
Con el tiempo, los niveles de sincronía son tales que concilio el sueño a pocos minutos de que el “sleep” cierre automáticamente la radio. 
Así he vivido el tránsito, mejor dicho, la culminación de la última revolución solar de nuestro planeta. Al fin y al cabo, esta “chorrada” es la que da tanto que hablar para beneficio de algunos productores de “burbujas doradas”
Dia 1.1.21, son las 06:34 am.
Lo sé porque lo primero que he hecho al abrir los ojos, es mirar el reloj (con cierto esfuerzo, porque padezco ojo seco y molesta después de las horas de sueño, hasta que nos has parpadeado unas cuantas veces). Aún es noche obscura. 
Hace frío. En el exterior 3ºC y en el interior, 16,5ºC. No me gusta la calefacción y la evito todo lo que puedo. En el baño, el calefactor (con reloj programable) ya se ha puesto en marcha y eso me es suficiente.
Me lavo, pero no me ducho. Eso lo hago más tarde. Tomo un café con leche y me siento a meditar. 20 minutos.
Parece que el día se presenta un poco nublado y frente a la costa, el radar dice que llueve. Veremos, pero me temo que será una jornada para quedarse en casa. 
Ni rastro de cambio alguno. Todo sigue exactamente igual (de jodido). Parece ser que hemos “cambiado” de año.

Adiós 2020

Yo no te voy a dar la culpa de nada. Dicen por ahí que has sido un año maldito. Un año para olvidar.
No les hagas caso, en realidad no lo dicen por molestarte; estoy seguro que dentro de otro lapso de tiempo más o menos largo, andarán dando vueltas a sus recuerdos y les invadirá la nostalgia. 
Tu no tienes culpa de nada, solo eres un número que define un periodo de tiempo al que llamamos, los humanos, año; sobre todo si lo entendemos desde el uno de enero al treinta y uno de diciembre. 
Un número bonito, por cierto. ¿Sabes? En este año al que tu das número mi madre hubiera cumplido 100 años. Y como que de veinte va la cosa, lo hubiera hecho el 20 del 11 que también suena chulo. 
Y hablando de mi madre, que en paz descanse,  2020 era el PIN de su primer teléfono móvil, por allá, por los 2000. Aún me parece oírla balbuceando al tiempo que tecleando y  para acordarse: 
—veinte veinte, pin— 
Ese año, el 2000, hermano tuyo, el del famoso “efecto dos mil” que después de mucho ruido, quedó en nada. Como pasa el tiempo!!
Ahora bien, tienes que reconocerme que lo tuyo, sí que está quedando en algo. Vaya mala folla que lleva eso del virus. 
Ya andan por ahí, algunos, deseando que te vayas al baúl de la historia. Son la leche! Como si eso fuera a arreglar “la cosita”.  Si ya lo dicen los catalanes… Quan no n’hi ha, no pot rajar!  (Cuando no hay no puede manar). Cualquier cosa menos asumir lo que hacemos mal; las culpas cualquiera, menos yo y tu, y él.
Como decia mi padre: “Todos los idiotas saben, que la culpa siempre es del gobierno. Para eso son idiotas y por eso los han votado”
Bueno pues nada “veinte veinte” que conste que si por mi fuera te dejaría quedar. Vete tu a saber que nos puede traer tu sustituto. 
En fin, suerte !! (a todos) Apa! Adéu! 😉

Shay

La luz declina mientras transcurre la tarde y  alarga las sombras fuera de la jaima mientras que algunas se proyectan formando extrañas figuras en las telas que hacen la función de pared. El color cada vez más dorado inunda la luz interior y las alfombras toman un tono especial dándole al conjunto un ambiente muy acogedor. A esas horas de la tarde, el Siroco amaina ofreciendo unas horas de descanso y propiciando abrir todos los lados de la jaima. 
Farah y Zahira las dos mujeres de la familia se aprestan a extender lonas en un lado y a pesar de que esas velas son bastante grandes, lo consiguen con una agilidad asombrosa. Esas lonas recogerán de la humedad de la noche, suficiente agua, para una higiene personal básica. Esas tribus nómadas son expertas en administrar el agua y saben aprovechar hasta la última gota.
Farah y Zahira son hijas de mi amigo Jabir, el cual ha tenido la gentileza de invitarme a conocer su familia y tomar un té en la vivienda ambulante de Nasim, su yerno, esposo de Zahira. Por supuesto, todos hablan perfecto español con un acento muy especial, sobre todo en ese toque gutural en las “g,j, y h”
Nasim tiene un  rebaño de cabras y se desplaza por el territorio para que esos sufridos animales pastoreen los pocos arbustos desérticos que puedan ir encontrando, lógicamente también se ayuda de piensos y se dedica a elaborar productos lácteos artesanos. De ahí lo de tener una jaima, aunque el matrimonio posee una pequeña casa de planta baja y techumbre plana en la incipiente aldea que se está formando al lado de los cuarteles de Playa de Aaiún, prácticamente al lado de la del padre.
Zahira es contable y trabaja en el complejo portuario, donde se cargan los barcos que transportan el fosfato que procedente de las minas de Bucraa, llega mediante cinta transportadora hasta el complejo.
Farah es una adolescente que aún estudia. A sus dieciséis años es toda una mujer de una belleza salvaje increíble. Reconozco que tuve que controlar mis fantasías. Tenía los ojos más negros que he visto en mi vida.
El padre, viudo de una sola mujer,  también trabaja en el complejo. Es el encargado de los suministros de combustibles. Y esa era la razón de nuestra simpatía y amistad. Durante los nueve meses finales, estuve encargado de llevar hasta los surtidores, una cuba que transportaba 1200 litros de gasoil y de vuelta, descargarlos en los generadores de corriente del BIR es decir, nuestro campamento de instrucción de reclutas que se producía la electricidad. Dos viajes por semana. Y dos más con otra cuba remolcada por un Land-Rover que llenaba de gasolina para proveer el parque móvil de vehículos. En ocasiones, si tenía servicio de armas o mi capitán me reclamaba (porque además de conducir, también estaba en la oficina del parque de automóviles), entonces me sustituía Andrés, un vasco que no caía demasiado bien al bueno de Jabir. 
Ricardín, ¿quieres azúcar para el shay* ? —
Farah coqueteando con su mirada, me ofrecía trozo de cristal de azúcar. La costumbre es tener algún cristal de esos entre los dientes o en la boca mientras se sorbe la bebida caliente. Un té con menta muy fuerte y espeso. 
Jamás conseguí ser Ricard en África, me impusieron la “o” final a pesar de que lo intenté hasta el cansancio. La mozuela, que ya me conocía debido que muchos dias estaba con su padre donde los surtidores, le puso sus gotitas de perfume pícaro añadiendo ese descarado diminutivo.
Hay algo que quiero señalar, porque lo considero importante: Zahira vestía el shador con pañuelo en la cabeza y según me explicaron era por respeto hacia mi o cualquier otra visita. De otro modo, en la privacidad vestiría mucho más cómoda. La hija menor sin embargo vestía pantalones anchos, una blusa azul y con su hermosa melena azabache al viento. No obstante, alguna discusión en saharaui, creí percibir entre Nasim y Farah. Y por la gestualidad creo que ella, más o menos lo mandó a la mierda. 
Aquella tarde (fantasías a parte) fue muy agradable. Jabir y yo estuvimos hablando de las cosas inevitables, la ocupación española, lo mal administrados que estaban, el peligro del vecino del norte y cosas del trabajo (suyo). 
—Esta mañana he visto moscas en el interior de las oficinas. Creo que tendremos tormenta de siroco.—sentenció mientras nos fumábamos nuestros cigarrillos de Winston fuera de la tienda.
—Ya he vivido una, pero aún era recluta. Nos pasamos dos días encerrados en el barracón. Muy desagradable dormir con la cama llena de arena. El polvo era tan brutal que los fluorescentes se veían de color azul, debido al ocre del polvo. 
—Sí, eso ocurre y no podrás venir a cargar combustible— me dijo sonriendo— y tendrás mucho trabajo petroleando los motores de los coches. Quedan totalmente sucios con ese polvo fino como el cemento.
Llegó el momento de la despedida. Los horarios militares me lo exigían. Jabir dijo de llevarme, pero le dije que no. Que tenía tiempo de llegar al BIR antes del toque de retreta. Y es que la tienda de Nasim estaba esos días entre el BIR y Playa de Aaiún; o sea que tenía un paseo de más o menos un kilometro y medio, quizás dos. No valía la pena molestarlo.
Los tres besos de rigor tanto para mi amigo como para su yerno. Un saludo llevándome la mano derecha al corazón para Zahira como corresponde a una mujer casada
Extendí la mano hacia Farah y ella aceptó el toque. Su mano estaba ornamentada con preciosos dibujos hechos con “henna”. Con las manos en contacto le dije: —¿Puedo besarte en la mano?
Se soltó de inmediato de mi mano y salió corriendo para esconderse en el coche de su padre que se partía de risa.
Al día siguiente me percaté de que en las oficinas del campamento, también había muchas moscas, apelotonadas en los rincones superiores, entre pared y techo. Recordé la advertencia del amigo. Efectivamente al dia siguiente tuvimos una tormenta de arena que duró todo el día y lo dejó todo hecho un asco.

*  Shay es como llaman al té, pronunciando la S como “ts”

Polvo en el viento

Batallón Instruc. Reclutas núm. 1. Playa de Aaiún (1971)
x(lila): mi barracón hasta la Jura de Bandera
x(verde): oficina de Secc. Vehículos y mi dormitorio el resto del servc.militar.
Dust in the wind (Polvo en el viento)

Aquel día, no fue nada transcendente en mi vida. Aquel día, solo era como un punto final en el último párrafo de un relato. Era el despertar de un extraño sueño que había durado catorce meses y catorce días.
Atrás quedaban un buen número de anécdotas, aventuras, situaciones, alguna que otra borrachera, entre seis mil quinientos y siete mil cigarros fumados, posiblemente más de 50 hurtos de fiambres, carnes, aceitunas y patatas y por añadir algo calculo que unos dos mil quinientos kilómetros conduciendo, en su mayor parte  un jodido Land-Rover, muchas veces remolcando una cuba de agua y unos cuantos centenares sobre un camión Pegaso 3045.
La aventura empezó el día 13 de Julio de 1970. Me gusta ubicar la hora y el lugar en la estación de Renfe de lo que entonces aún se llamaba Gerona, a pesar de que la noche anterior ya habíamos dormido en el cuartel de artillería, junto con un montón de reclutas que iban a iniciar sus respectivas aventuras. El día mencionado, después de un desayuno asqueroso, estuvimos frente la estación acompañados de un cabo mas o menos desde las 11 de la mañana hasta las 5 de la tarde, esperando no se que mierda de sargento. 
En los bares de la plaza de la estación pudimos proveernos de bocadillos y alguna botella de agua o cervezas. Cogimos el tren rumbo a Barcelona y luego Zaragoza. Posteriormente Madrid, donde nos pincharon vacunas. Allí nos despedimos de unos cuantos cuyo destino era Ceuta o Melilla. Quedamos los mas desgraciados que estábamos destinados al doble de distancia: El Aaiun
En Madrid, comimos literalmente mierda. Sobre unas bandejas de plástico pésimamente lavadas, nos endiñaron un potaje de judías con trozo de bacón y chorizo. Medio siglo después, aun me dan arcadas cuando rememoro aquella estancia en Madrid, aquella comida, la reacción de las vacunas, y aquel sanitario gritando: —Los que se van con los moros, en esta fila !!
Nos despertaron a las tres y media de la noche y nos pasearon en camión descubierto por Madrid hasta la Base de Torrejón de Ardoz. Un avión militar con agujeros por los que entraba un frio de cojones, nos llevó hasta el destino. 
Si has llegado hasta aquí, tranquilo! No seguiré con batallitas de la puta mili. Solo quiero recordar la llegada al campamento y aquella voz, mientras formados “en descanso” esperábamos para ser distribuidos. Era el divertimento de los veteranos:
—¿Alguien quiere agua?— vociferaban con una jarra de agua en las manos. 
Era la típica broma, sabedores de que la primera vez que probabas el agua del Sahara, la sentías bastante amarga. Las risotadas y el —vete acostumbrando— es lo que seguí al apretón de manos. 
Me dije para mi mismo: Hay mucho polvo en este viento que no deja de soplar. Tres días después, mis orejas y mi nariz estaban llagadas por combinación del despiadado sol y el persistente golpeo de minúsculas partículas de arena sobre esos órganos.
En ese pelotón que señala la flecha estaba mi menda lerenda
jurando (en el significado más obsceno del término).

 

 
Todo lo que ocurrió durante esos catorce meses, darían para un libro. Pero como decía el sinvergüenza de Pujol: Avui no toca (hoy no toca). Ens ho estalviarem (nos lo ahorraremos). Potser un altre dia (quizás otro dia)
Nos situamos ahora en el sábado 25 de setiembre de 1971. 
Estamos “lilis” (licenciados) desde las cero horas y algunos ya tienen desde unos días atrás su reserva para volver hasta Madrid con un avión carguero militar, vía Palma de Mallorca. Yo sin embargo prefiero pagarme un doble pasaje Aaiún-Madrid y Madrid-Barcelona, con Iberia. Curiosamente no recuerdo el coste de los billetes y en cambio recuerdo perfectamente que los del avión militar solo tenían que pagar un seguro que costaba 74 pesetas
Ese sábado fue un día muy especial. Despedidas, abrazos y el recibo de miradas de sana envidia por parte de los más reclutas que ven lejano el día, cuando ellos vivirán estas emociones. 
Había reservado una habitación en un pequeño hotel. Hotel que no recuerdo su nombre y no veo en Google (por ubicación aproximada). Cincuenta años, no pasan en balde y más aún teniendo en cuenta la ocupación marroquí. 
Un bolso de mano, ropa interior y los documentos. Un traje de verano, una camisa, otra de recambio y con eso debía llegar a casa. Tened en cuenta que al llegar, un año atrás, había entregado “obligatoriamente” la ropa de paisano y que durante esos 14 meses no vestí otra cosa que ropa militar. 
La mañana del domingo, la ocupé en una visita al zoco. Luego me encaminé a pie hasta el aeropuerto y comí en la terminal. Entrecot, ensalada y patatas fritas. Y por primera vez en mi vida probé el “Sangre de Toro” un vino de Torres que se convirtió en un favorito nostálgico porque cada vez que lo bebo rememoro aquella comida final en las tierras de “los hijos del viento” (en ocasiones así se llaman los saharauis entre ellos)
Recuerdo perfectamente -como si fuera ayer- el pensamiento sereno y pausado mientras subía las escaleras del avión, con los ojo lagrimeando, no por la emoción, sino por que aquel maldito Siroco, golpeaba fuerte y en un descuido arenaron mis ojos. 
—Demasiado polvo en el viento—me dije.

No podía ni imaginar que solo cuatro años después sentiría el latigazo de la vergüenza de haber servido en un ejercito que salió de esas tierras con el rabo entre las piernas abandonando a decenas de miles de ciudadanos españoles, con su propio carnet de identidad, a manos del despotismo del tirano del norte, el rey de Marruecos. Una soberanía autoimpuesta y que sigue sin ser reconocida por las Naciones Unidas.
Demasiado polvo en el viento, también aquí.



Booom

Lo malo de que te explote el cerebro es que te queda la gorra hecha un asco.

Así que mejor será esperar al invierno, porque gorras de invierno tengo muchas; de verano solo una. Y ahora que lo pienso, cerebros…¿cuántos tengo?

No preguntes, que respondo

Hace unos días alguien preguntó que cuando era mi cumpleaños. 
A su vez, estuve hablando del reloj astrológico. Me gusta -aunque supuestamente sea una pavada- tener en cuenta el instante preciso del cumpleaños, sin usar el calendario convencional, sino el astrológico. El día no dura 24 horas justas, ni el año dura 365 días justos. Pero hay un indicador del tiempo, mucho mas preciso que el oficial, que solo es una “convención” y es el movimiento de los astros que es un hecho incuestionable y enormemente preciso.
Nací a las 21:35 del 20 de Agosto de 1949. 
En ese preciso instante el Sol ocupaba una determinada posición en el firmamento. 
Pues bien, siete décadas y un año después ¿en qué momento concreto estará el Sol ocupando el mismo punto?
Será el mismo 20 de Agosto, pero a la 1 de la madrugada y 29 minutos. 
Ese será el instante de mi cumpleaños num. 71