La primera vez que vi tu rostro

Susana,
La primera vez que vi tu rostro éramos aún unos niños. Ha pasado ya más de medio siglo y aquella imagen tuya, entre las luces y sombras de aquella sala de baile, sigue viva en mi mente. 
La primera vez que vi tu rostro me pareció como un amanecer; en aquellos momentos en que la Luna y las estrellas van dejando paso a la luz de un Sol ascendente. Un sol que que yo creía ver en aquella primera sonrisa, en el brillo de tus ojos, en el rubor de tus mejillas. 
En mi cielo interior desapareció la oscuridad y vi crecer nubes de amor blancas y cegadoras.
La primera vez que besé tus labios, sentí como un temblor de tierra bajo mis pies, un corazón enloquecido que cabalgaba libre sin jinete pero también  el trinar de un pájaro alegre dispuesto a encerrarse en la jaula de la pasión.
La primera vez que nos amamos, llegué a confundir tu corazón con el mío y no pude saber de cual de ellos eran los latidos. Y tu rostro apasionado, tu mirada encendida, cultivaron felicidad en la tierra de nuestras vidas. Y nos prometimos amor eterno sin saber cuanto era una eternidad y sin saber que más de medio siglo después, otras promesas tuyas y mías también habrían sido incumplidas. 
Y sin embargo hoy, tanto tiempo después he visto tu rostro maduro y he pensado en el misterio que encierra aquel instante en el que a pesar de la anchura del espacio y lo largura del tiempo, dos miradas se cruzaron y se reconocieron por primera vez. 
Hoy he sentido el eco de la primera vez que lo vi. La primera vez que vi tu rostro… tu rostro. 

The first time ever I saw your face
I thought the sun rose in your eyes
And the moon and the stars
Were the gifts you gave
To the dark and the empty skies my love

The first time ever I kissed your mouth
I felt the earth move in my hand
Like the trembling heart of a captive bird
That was there at my command my love

The first time ever I lay with you
I felt your heart so close to mine
And I knew our joy would fill the earth
And last till the end of time
My love
The first time ever I saw your face
Your face
Your face
Your face


Historia de Carlos y un quiosco.

Carlos era un tipo curioso donde los hay. En cierto modo me recordaba a Horacio del cual os hable hace unos meses. Siempre me he llevado bien con él. Su hablar pausado y aquel carácter forjado por la multitud de heridas que la vida le propició, hacían de Carlos un hombre sabio, moderado, de palabras bien medidas, discreto en el gesto y de una cortesía exquisita.
Sus penalidades empezaron pronto. A los siete años perdió a su padre victima de un cáncer de páncreas que lo fulminó.  Me había contado que su padre le había enseñado las cuentas y a leer y a escribir y que empezó a asistir a la escuela a los pocos meses de la pérdida y que todo eso le ocasionó una confusión sobre la figura paterna que le dificultaba la integración escolar; también la relación con los compañeros de clase. 
Su adolescencia no fue menos penosa. Interno en un colegio de Hermanos Maristas, sufrió abusos sexuales y lo que es peor -según él mismo explicaba- sufrió presiones y largos maltratos posteriores para que callara la boca.
No pudo acabar su bachillerato porque su madre y su tía que se hacían cargo de los costes de sus estudios no pudieron seguir pagando los importes. Carlos se puso a trabajar en un taller de construcciones mecánicas y con el tiempo se convirtió en administrativo de aquella pequeña empresa, además de ser el encargado del almacén. Y es que lo suyo era el orden y la limpieza. Todo ordenadito y bien archivado. 
Todo… menos su vida emocional. Me explicaba que en aquellos tiempos, nada lo golpeó más que los amores de juventud. Era enamoradizo e inseguro en las relaciones con las chicas. Le costó templar su pasión y eso le llevó a tener desengaños. No sabía escoger (o encontrar) compañeras sensatas, solo bellezas alocadas que jugaban con él y le rompían el corazón. 
Finalmente conoció a María. Por fin una mujer que no jugaba con sus sentimientos.  Le comprendía y le amaba. Le amaba tanto que se quedó embarazada a los 19 años. Carlos, con veintidós, poco después de su servicio militar, lo vivió como una mezcla de miedos y alegría. Al fin y al cabo, que podía pasar, se preguntaba. Se querían y estaban con la fuerza y entusiasmo que da la juventud, dispuestos a crear su propia familia. 
Lo que no pudo prever nuestro buen amigo, es que su futuro suegro iba a tener la reacción mas salvaje que uno podía esperar. Simplemente, le provocó una conmoción cerebral y acabó en el hospital.  Además con pronóstico reservado. Total que cuando se casaron, María lucía bajo su vestido blanco, una barriguita que mas tarde se llamaría Susana.
Pero el destino tenía sádicos planes para Carlos. A los once meses del nacimiento de Susana, la suegra de Carlos murió dejando la familia en una niebla espesa de tristeza que culminó con la noticia  seis meses después de que el suegro repartidor de hostias, se largó a Méjico con una fulana. Una joya de suegro, sin duda. 
La empresa donde trabajaba Carlos quebró y tantas cosas en tan poco tiempo desembocaron en una depresión de María  que tuvo que someterse a tratamiento psicoterapéutico. Carlos decidió emprender un negocio: una pequeña tienda de papelería y quiosco. Fue un acierto. Resultó ser el interruptor que iluminó de nuevo el semblante de María. Él, lógicamente se sintió aliviado y durante unos años vio como el pequeño negocio prosperaba, pagaba sus créditos y sobre todos los domingos por la mañana, era una especie de punto de encuentro de vecinos comprando el periódico y criticando al gobierno en la zona ajardinada que la tienda tenía justo enfrente. Se sentían felices y contentos. Susana crecía sana y vivaz. 
Pero estaba claro que Carlos no seguiría teniendo una vida dichosa. Después de unos años de bonanza, María enfermó. A media tarde ya se sentía agotada y sin ánimo para nada. Los médicos dijeron que tenía un cáncer. Cáncer de páncreas. Como el padre de Carlos. Ironías del destino.  Ya era demasiado tarde. Cuatro meses y al cajón. 
Carlos con treinta y ocho años y una hija adolescente a punto de cumplir los dieciocho quedó viudo y sin más ayuda que la de su hija. Pero está visto que lo que la vida te quita por un lado, te lo compensa por otro. 
Susana era de una pasta especial. Encajó el golpe con fortaleza y no solo eso, sino que maduró de golpe. Padre e hija formaron una piña repleta de cariño. Susana se convirtió en la alegría del quiosco que vio aumentar especialmente la clientela juvenil. Susana era una jovencita sexi, como dicen ahora. Alegre, hermosa y muy simpática. 
Susana permaneció soltera. No puedo jurarlo, pero creo que era tanto el amor que sentía hacia su padre, que la sola idea de dejarlo ya la apartaba de relaciones serias con los hombres. Pero esto, es una suposición mía. 
El caso es que veinte años, después seguía siendo alegre, sexi, divertida y la luz de la vida de Carlos. 
Y otra vez el látigo del destino !
Encontraron a Carlos en el suelo, semiinconsciente. Afortunadamente lo suficientemente rápido como para que el ictus no lo dejara con una invalidez severa. Mucha terapia y los años, consiguieron que las secuelas fueran siendo más “soportables” y lo fueron hasta que ya cumplidos los sesenta y cinco, la guardia urbana se presentó en su casa a eso de las diez de la noche. La pareja de agentes, un hombre y una mujer,  le pidieron que se sentara. Carlos obedeció terriblemente asustado. Temiendo ya lo peor, tuvo que escuchar a la agente como con toda la delicadez posible le decía que Susana había tenido un grave accidente y estaba siendo operada y que se brindaban a acompañarlo al hospital.
Fueron unas horas terribles. Finalmente los doctores le anunciaron que su hija estaba viva, pero muy grave y que el pronostico era muy malo. 
Carlos llevaba ya 48 horas despierto, o en las que dudo que hubiera dormido mas de dos. 
Le permitieron ver a su hija, que estaba despierta. 
—Papi. Lo siento mucho. Te quiero. Creo que iré a buscar a Mamá— fue todo lo que alcanzó a decir, con mucho esfuerzo. Se volvió a dormir. Seis horas después fallecía.
El quiosco cerró. En el entierro Carlos no dijo absolutamente nada a nadie. Luego no se vio a Carlos durante semanas. Después del entierro fuimos muchos los que frecuentemente llamamos telefónicamente a su casa y una señora hondureña que él había contratado nos contestaba que estaba bien, pero que no quería ver a nadie.
Finalmente le encontraron en la cama muerto. No se hizo publico, pero suponemos que se suicidó. Lo que si que sé es que encontraron en sus manos una nota que decía:

“Me voy junto a  mi hija para ver si encontramos a su madre”

Más tarde supimos que aquella señora hondureña había heredado el quiosco. 
Era Carlos, un hombre sabio, moderado, de palabras bien medidas, discreto en el gesto y de una cortesía exquisita.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay


Abraham reload

Son las 23 horas y cincuenta minutos. Hace siete minutos exactos del momento del solsticio de verano. Me acuesto. Hace calor y decido dejar totalmente abierto el portón que lleva a la terraza  Sam (Sàmhach, significa silencioso en gaélico). La tela mosquitera impedirá los indeseados mosquitos mientras que el aire podrá circular libremente. Me fastidia que no me deja ver las estrellas, que quedan difuminadas por la tela. Me será fácil dormir pues estoy realmente cansado.
A la mente me llega un detalle y no es menor por cuanto tiene su valor como efeméride: Esta noche, tres años atrás, también el día del solsticio, 2017, dormía por primera vez en esta cama, en este hogar, en este mi nuevo pueblo.
—Hoy dormiré bien—me digo mientras el estado de vigilia se va disipando y la consciencia se sumerge paulatinamente en ese lago oscuro de lo onírico.
Son las cinco y media de la madrugada. Me despierto sobresaltado, agitado y esta sensación desagradable se acentúa cuando veo la tela antimosquitos totalmente rota y arrancada. Me asomo a la terraza. Las dos crássulas trabajadas como bonsais están en su sitio. Pero mi mente repasa el sueño que acabo de vivir. Y digo bien, vivir, porque ha sido un sueño lúcido que recuerdo con multitud de detalles. Sin embargo no puedo dar nombre a los colores de las lámparas que recuerdo encima de mi. Ni tampoco el color; apenas la forma,  de esos exóticos seres que embutidos en unos trajes de brillos metálicos, como inflados, no permiten deducir -como digo- que forma bípeda, si lo es, les conforma. No parecen tener brazos, o no los usan y sus instrumentos parecen moverse de forma autónomo. Me pregunto ahora si sería a través del pensamiento.
Recuerdo un zumbido constante que va cambiando de frecuencia, subiendo y bajando el tono. Recuerdo una fuerte presión en las muñecas y los tobillos y un calor fuerte, pero soportable, en los genitales. Sin embargo no veo atadura alguna, ni nada cercano a mis zonas íntimas.
No siento deseo alguno de salir de esa situación, no se despierta rebeldía alguna. Tengo la sensación de estar desenchufado de mi mismo. No tengo la sensación de que transcurra el tiempo.
Los seres se mueven muy lentamente. Uno de ellos acerca su cara a la mía. Entonces si, entonces surge el miedo. Un miedo atroz, como si todo el no experimentado en no se cuantas horas, desembocara de golpe en mi mente. Respiro de forma rápida y entrecortada. Mi miedo se estaba convirtiendo en un peligro cardiovascular.
Pero ese ser, resulto tener una mirada repleta de ternura. Me observó mientras yo notaba caricias en la frente, pero nadie me tocaba. Un momento después, escuché en el interior de mi cráneo algo que parecía estar en el espacio medio entre la palabra y la música y que no era ni una ni otra. Pero lo entendí perfectamente y me quedé tan impactado que desperté.
Ahora ya despierto del todo y sentado en el borde de la cama, me voy tranquilizando e incluso sonrío. Lo que sentí en ese discurso de música-palabra, me parece la cosa mas hilarante y fantasiosa.
Hay que ver, lo que son los sueños, me digo, tratando de convencerme de que se trata de eso, de un sueño. Aquel ser me dijo:

Tranquilízate, todo lo que te ocurre no es nada comparado con lo que sufrió Abraham, al cual le pedimos que sacrificara a Isaac. Y sin embargo tu también tendrás una descendencia numerosa como las estrellas del cielo en la noche. Pero ni uno solo de tus descendientes te conocerá ni nacerá en este planeta.

Y seguiría sonriendo si no fuera por dos pequeños detalles: Mi reloj que monitoriza mi ritmo cardíaco las 24 horas del día dice que entre las 3:40 y las 4:05, mi corazón no latía a los acostumbrados 55-60 pulsos por minuto (durmiendo), sino que lo hacía entre 120 y 140 pulsos.
Y seguiría sonriendo si al acercarme al espejo, en el baño, no hubiera observado una frente totalmente enrojecida.

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Imagen de Pete Linforth en Pixabay

Cuervos

Crows and the Moon by Hokkyu Korin (1900)

Estaban cuatro cuervos graznando entre ellos, en la rama de un árbol centenario. Era poco después de la salida de la luna llena de mayo. Discutían sobre los humanos, esa rara especie tan difícil de entender. Manejaban sus conjeturas sobre las razones del porqué las personas les relacionaban con cosas funestas, oscuras y funerarias,  en unas partes del mundo y en cambio en otras, les consideraban como aves protectoras. 
En realidad, eran dos los que filosofaban; los otros dos solo asentían a cualquier cosa que se afirmara, con un graznido suave y de poca intensidad. Se supone que esa, era una forma de susurro afirmativo. Eran tímidos.
Gorg el más viejo de los cuatro, filosofaba sobre las causas que pudieron motivar que el cuervo que Noé soltó junto a una paloma para que juntos buscaran tierra, no volvió jamás. Crung, el cuervo que seguía en menor edad, era un poco burlón y un poco sátiro.
—Lo más probable es que se follara a la paloma y luego no se atrevió a volver— dijo, a modo de broma y sintiéndose ingenioso ante la burrada que acababa de soltar.

Gorg proseguía con sus cábalas e intentó explicar a su compañero que en los tiempos antiguos los cuervos eran blancos como las palomas (seguramente recordó esto, después de la bobada de Crung) y que estaban a cargo de vigilar la amante humana del dios Apolo, una hermosa joven llamada Corinis.
—Pero los muy zoquetes se distraían mientras Corinis retozaba en el lecho de otro amante que no era precisamente un dios. Por esa razón, Apolo les quemó las plumas y a partir de entonces los cuervos que nacieron fueron negros como el carbón.—

Siete graznidos a la par, se escucharon en la quietud de la linde del bosque. Eran las inevitables confirmaciones de los cuervos jóvenes, al unísono y esta vez un poco más fuertes. Uno de ellos se llevó un picotazo de los viejos, lo cual evitó que no fueran diecisiete o veintisiete las innecesarias confirmaciones. Y es que se impacientaba, tenia algo que añadir.
—Yo vengo del norte y allí somos mejor considerados. Tienen un dios al que llaman Odín que siempre lleva un cuervo en cada hombro. Nos consideran mensajeros y para los pueblos de las tierras altas y frías, somo creadores de la vida y el aguas; algo así como dioses.—afirmó Crung
—Lo que más me fastidia—añadió de inmediato el cuervo más viejo — es que se dejen llevar por prejuicios tan tontos como que no podemos ser nada bueno siendo negros, en contraposición con la pureza del blanco. Dicen que tenemos una voz desagradable. Dicen que somos avariciosos porque nos gustan las cosas brillantes. Dicen que somos carroñeros…
—Eso es verdad !—interrumpió Crung— Quizás si no tuviéramos la fea costumbre de picotear los ojos de los guerreros muertos en las batallas, nos considerarían mejor. Pensaba en voz alta.
Esta vez fueron solo tres las confirmaciones de los jóvenes ante las palabras de Crung. Se hizo un largo silencio mientras los cuatro pajarracos contemplaban la Luna.

De golpe, cuando alguno ya empezaba a dormitar, se escucho de nuevo el graznar del viejo Gorg.

—Los budistas nos quieren mejor. Dicen que cuando asaltaron la casa del primer Dalai Lama, un grupo de cuervos le protegió y desde entonces formamos parte de sus tradiciones como pájaros sagrados y no dejan que los cazadores nos maten.
Fue entonces cuando uno de los cuervos jóvenes, se llenó de coraje para tomar la palabra y a graznido pelado empezó  a exclamar:

— Jajajajaja!!! eran estorninos!. Los putos estorninos!!  Y el Dalai estaba tan acojonado que pensó que eran cuervos.  Jajajaja!!!
Risotadas de cuervo llenaron la noche al punto de que la Luna se escondió tras unas nubes.
Su compañero también perdió la timidez y con una voz extrañamente serena sentenció…
En el fondo lo único que pasa es que esos monos parlanchines, son unos putos racistas.

Horacio

Horacio había cumplido cincuenta y ocho años tres meses atrás. El tipo vivía solo en una hermosa casa de planta baja ajustada a la medida de su irrenunciable soltería. Ni muy pequeña, ni faltada de los espacios que nuestro personaje requería. A él, le gustaba llamarla su cueva, pero era una cueva rodeada de un jardín cuya superficie sobrepasaba con creces las dimensiones de la parte habitable.

Horacio había sido víctima del engaño y el desamor y a pesar de que habían transcurrido veintisiete años, no tuvo otra pareja mas allá de encuentros sexuales fortuitos, alguna que otra aventura que dejó sabor de amistad pero sin continuidad en los goces de la carne. Bueno, también hubo algún que otro contrato previo pago de lo cual no gustaba comentar.
Horacio era un tipo curioso. Acababa de acogerse a una jubilación anticipada después de estar trabajando en el banco desde los diecisiete años de edad. Lo supe el día que lo encontré frente a la tienda de juguetes de unos grandes almacenes cargado con tres paquetes bastantes grandes. Tres maquetas para montar: El Juan Sebastián Elcano, -buque escuela de la Armada española-, la Estación Espacial Internacional y la Sagrada Familia.

Horacio no se andaba con chiquitas. De las tres maquetas, el buque era la menor y según explicaba mientras las cargaba en el coche, una vez montada, el buque tendría una eslora de 89 centímetros; la ISS llegaría a alcanzar el metro y medio ( y era modular!!!… así que en el futuro podría ir añadiendo módulos) y la maqueta gaudiniana superaría los 118 centímetros de altura.

Lo explicaba con una expresión facial que no sé bien porqué, pero me recordaba a Charlie Brown… bueno sí que lo sé; Horacio tiene un flequillo retorcido como el rabo de un cerdo, rodeado por una calva brillante como una bola de billar. Eso sí, al contrario que Charlie el muñeco, lleva gafas. Para más colmo, gafas redondas que le confieren un aspecto de tonto del pueblo que conmueve.
El muy jodido, hasta esa suerte tuvo. Al día siguiente de su provisión maquetera, empezó el confinamiento.
La casa del amigo Horacio, está a escasos ochenta metros de un Mercadona, pero el muy cretino, se hace llevar las compras que efectúa por Internet. Los repartidores de Amazon, Mercadona, Seur y UPS son los únicos rostros enmascarados que ha visto. El mio, a lo lejos y no sé de otros.
Las veces que he ido de compras, lógicamente he pasado por delante de su jardín y le he dado un toque en formato silbido. Le veo tras la ventana, con su lupa frontal un poco por debajo de su flequillo y al igual que un crío, cuando oye el silbido, me saluda excitado. La última vez de poco que no se carga un panel solar de la Estación Espacial. Luego, un momento después recibo en el Whatsapp una foto de sus avances. Bueno… una no, un par de docenas.
Y así han ido transcurriendo los días del confinamiento. Silbidos, saludos y fotos. Y ahora que ya se puede salir, Horacio sigue en su cueva entre barcos, catedrales y la estación espacial.
En el dia 49 del confinamiento, me pasé un par de horas gestionando las 642 fotos de pedazos de campanarios, pórticos, velas y mástiles, módulos de carga, paneles solares, la cúpula famosa de la ISS y un hermoso timón roto que había que reconstruir. Confieso que estuve a punto de llorar, pero quería traspasar las fotos a la nube, liberar espacio en el móvil y de paso clasificarlas un poco, convencido como estaba de que algún día esa especie de profesor Tornasol, querría hablar de ellas.
La vida es injusta. Las suertes cambian de dueño. Los caminos del señor son ….
El día 54 del confinamiento otro amigo que vive muy cerca de él, me cuenta:
El repartidor de mensajería no quiso cambiar de dirección en su calle y aparcó la furgoneta en la otra acera. Llamó por teléfono a Horacio para anunciarle que tenía un paquete para entregar. Seguramente con la intención de dejarlo en el portón del jardín y visualizar la recogida (cosas de la pandemia, ya sabéis). Empezó a rebuscar en la furgoneta buscando el maldito paquete. Mientras tanto, Horacio excitado, no tuvo espera y salió a la calle.
Me cuentan que cruzó como un felino, recogió su paquete para disgusto del repartidor, sin llevar mascarilla. Se despidió y se dispuso a volver a su casa. Lamentablemente el paquete no le dejaba ver.
Aquella Honda CB500F era capaz de desarrollar 48 CV. y alcanzar una velocidad de 240 km/h.  Fueron suficientes los 80 o 90 km/h y sus 190 kg. de peso más los 65 del conductor para mandar el amigo Horacio a tomar por…el Hospital. 
Hoy cuando he ido a comprar he visto las señales que la policía ha dejado en la calzada mientras peritaban el accidente. Un círculo de color magenta, marcado con el número uno, a 28 metros del punto de impacto, marca el lugar donde fue a parar la famosa lupa frontal, un poco más cerca, otro círculo esta vez con el número 2, marca donde encontraron parte de las gafas. El paquete, abierto y roto cayó dentro del jardín a 9 metros del punto de impacto, acompañado de una zapatilla. Contenía una Nespresso.  A 37 metros de la zona cero, un rectángulo delimita el lugar donde se detuvo la moto y el típico muñeco pintado en el suelo, unos trece metros antes, delimita el cadáver del motorista.
El parte hospitalario habla de conmoción cerebral, rotura de la cadera, un fémur, lesiones internas, mandíbula lesionada aunque poco (siempre he pensado que era un caradura), hombro derecho y desgarro testicular. Total…una piltrafa.
El muy cabrón, se ha despertado esta mañana y dicen que lo primero que ha dicho es que le preocupaba el tema del Covid-19. Hay que joderse !
Se ha vuelto a desmayar. (Seguro que para no tener que hablar con nadie)

Analíticas

Septiembre de 2044.


Siempre me ha parecido un artilugio estéticamente mejorable. Darle al chisme esa apariencia realista de insecto hace que los niños tengan tanto o más miedo que a las antiguas jeringuillas de extracción.

Quizás sea esa la causa de que la empresa “Analyticum” anuncia un nuevo modelo enfocado a los niños. 
El insecto esta vez, es una copia de un antiguo dibujo animado de finales del siglo XX. Se llamaba “Abeja Maya”.

Los pequeños quedan seducidos por la apariencia amigable del artilugio y su sonido cantarín y no se dan cuenta de la maniobra. Pero apariencia aparte, hay que reconocer que es cómodo. 

Recuerdo que mi padre siempre se quejaba de que las enfermeras tenían dificultad en encontrarle las venas y cuando tenían que hacer aquellas extracciones, para el posterior análisis de sangre, solía salir con algún pinchazo de más.

Hoy, el proceso es mucho mejor:

Tu mismo y cómodamente desde tu casa colocas el artilugio, sobre uno de tus brazos (en el caso de los niños, el padre puede montarse un teatro para engatusar al chaval).
En ocasiones, si es necesario, el insecto llega volando en modo “dron” hasta un posible paciente lejano.
El insecto mecánico, una vez situado procederá a inspeccionar el vaso sanguíneo próximo. Tienes que procurar que la cabeza se sitúe sobre una vena, aunque no te pide mucha precisión. Él mismo puede ajustarse un par de milímetros. También puede ocurrir que el insecto camine por encima de la vena uno o dos centímetros. 
A los dos segundos justos de inmovilidad, sientes algo frío y húmedo en la piel (un anestésico) y tres segundos después un ligerísimo pinchazo. Realmente ligero; al punto de que si estás distraído, hablando por ejemplo, ni lo vas a notar.
Cinco segundos más y tu dispositivo wereable (vestible) detrás de la oreja o en la patilla de tus gafas te avisa de que los datos han sido transferidos al otro dispositivo en tu muñeca y de ahí, mediante tu canal personal por Internet, hasta “Medical One Lab” . Por supuesto los datos están encriptados

El sistema te ha extraído 5 milímetros cúbicos de sangre. Lo ha analizado y ha transmitido los datos a tu doctor. Una copia queda en el laboratorio identificados por biometría.  Ya puedes quitarlo del brazo y tirarlo. Ni rastro de herida alguna, ni sangre, ni dolor. El “insecto” es desechable.

Esta ficción fue publicada el 17 de mayo de 2018. Ha sido resituada a la fecha de hoy.