Vuelve al amor

No te dejes abatir por el pesimismo.
Abandona la sombra.
Olvida los rencores.
Ofrece tu mirada con mucha paz  y déjate acariciar por las suyas.

No se trata de una heroicidad, es totalmente posible.
Intenta ser un poco más amable cada día, cada hora.
Sonríe, aún y con mascarilla. Sonría para que chispeen tus ojos.
Abraza con palabras, ya que tus brazos ahora no pueden. 
Y vuelve al amor. Nos hace tanta falta…


Lo humano del ser humano

Una foto de mi época de “cazador urbano” Se titula: Persuasión (1980)


Una vez le preguntaron a Buda* qué es lo que a él más le sorprendía de la humanidad, y respondió:

Los hombres, que pierden la salud para juntar dinero, y luego pierden el dinero para recuperar la salud y por pensar ansiosamente en el futuro, olvidan el presente de tal forma, que acaban por no vivir ni el presente ni el futuro, viven como si nunca fuesen a morir y mueren como si nunca hubiesen vivido.

*Es posible que Buda no dijera nada parecido; o quizás sí. Es un personaje histórico que como a Leonardo, Woody Allen, Einstein, Groucho Marx y algunos más, se le atribuyen muchas más cosas de las que dijeron


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Europa

Tiziano: El rapto de Europa*
Son bastantes los filólogos que coinciden sobre el origen de la palabra que usamos para dar nombre a este continente que habitamos y que no es otro que Europa.
Nos iluminan explicándonos que el término tiene su origen en “Erebu” cuyo significado en el idioma de los acadios no era otro que “tierra donde muere el Sol”, “la tierra del ocaso” o simplemente “Occidente”
La influencia de esta palabra, se muestra incluso en el árabe actual en la forma de “ghurubu” que viene a significar los mismo “poniente”, “ocaso”
Los acadios que dieron nombre a las tierras más al Occidente de su asentamiento, ocupaban los territorios de la península mesopotámica, alrededor de las cuencas de los ríos Tigris y Éufrates. Territorios que hoy conocemos como Siria, Libano, Irak.
Estas civilizaciones llamaban Erebu a los lugares que quedaban lejanos, a su noroeste; tierras bárbaras, incultas y salvajes. Ellos eran entonces cuna de cultura y conocimiento. 
Pero si la flor del cactus es fugaz, tampoco los imperios escapan de la impermanencia. Y lo que en un tiempo era floreciente fertilidad, ahora son campos de batallas. La sensatez nos invita a no caer en la trampa de entenderlos como bárbaros. No más que nosotros. Víctimas todos de otros imperialismos que actúan en la sombra.

Pero Europa también es un nombre de mujer. Prácticamente en desuso hoy. Pero un nombre hermoso, como hermosa, es fácil imaginar, aquella joven semidesnuda, que hoy sin duda respondería a los cánones de belleza siriolibaneses, de ojos negros, pelo más negro aún y azabache de brillos cobrizos, largas piernas, pecho turgente y altivo, raptada seguramente en alguna playa del Mar Egeo por ese dios libertino. Europa “el ligue de Zeus” siempre presente en el imaginario de este alocado dios de mi casa que soy y que también nació en el Mediterráneo.

* Creo que puedo afirmar sin temor a equivocarme que Tiziano, no estuvo en Siria o el Libano y que además no tenía una imaginación erótica apropiada para crear en su mente las inclinaciones de Zeus.

Esa Europa, sin querer ofender, me recuerda más a una holandesa de alguna aldea, después de una noche loca y harta de cerveza.

Desde luego la imaginación de Tiziano y la mía no son convergentes.

 

Frente al Buda

Nota:

A partir de ahora y  en ocasiones especiales, os traeré a este espacio algún que otro artículo escrito por mi buen amigo Josep Maria Llauger. Articulista de años, los recoge en su blog y son artículos que en su día aparecieron en prensa. Cuento con su permiso para traducirlos y traerlos aquí,  ya que originalmente están en el idioma catalán. Asumo esta responsabilidad sabedor de que difícilmente podré transmitir la calidez que desprende desde el idioma original; ni mayor ni menor, simplemente diferente; una calidez hermosa.

Titulo original: ENTRE EL CEL I LA TERRA

El otoño, como una dama silenciosa, va imponiendo lentamente su dominio por todas partes.
Los atardeceres son frescos y el cielo se tiñe de un rojo suave y acogedor en esa hora baja, mientras el sol se retira perezosamente. La nueva estación tiene la fuerza tranquila de un proceso que culmina. En otoño hay serenidad y plenitud. Quedan atrás tanto el agobiante y extrovertido bochorno del verano, como los estallidos primaverales, cuando la vida despierta alegre e impulsiva después de la quietud espectral del invierno, cuando el rosal está como muerto y las hojas caídas se convierten en barro.
Estoy en el despacho de mi casa, escribiendo estas líneas en el ordenador y miro la figura del Buda que tengo frente a mi; me sonríe de una forma íntima y un tanto enigmática. En la expresión de su rostro subyace el secreto de su infinita paz. La columna de humo que se eleva desde la barrita de incienso, dibuja en su ascensión sinuosas formas que acaban convirtiéndose en ángeles de luz que danzan para mi en esta habitación, convertida gracias a su presencia en un completo paraíso. Ya no deseo nada pues lo tengo todo. El tiempo fluye suavemente amoldándose al ritmo tranquilo de éste momento de privilegio. Miro hacia fuera y veo el mismo paisaje que el del interior, pues las bellísimas hojas ocres y doradas que caen silentes desde las ramas de los árboles, danzan el mismo baile que los ángeles que me rodean.
Hay verdades que solamente pueden ser reveladas cuando dentro y fuera se convierten en uno. Vuelvo a mirar la imagen del Buda, él sigue imperturbable en su serenidad, pero su sonrisa ha dejado de ser enigmática. Reposo mi mirada en la suya y así sé que hay un lugar donde todas las fatigas humanas encuentran consuelo; donde todas las preguntas que angustian la mente encuentran respuesta y donde los grandes ideales que siempre han inspirado a los hombres y mujeres más avanzadas de la familia humana, como la Belleza, el Conocimiento y el Amor (así, en mayúsculas), lejos de ser un mito en el pequeño y limitado tabernáculo de la mente, son una realidad viva; más aún, son la misma vida que vibra en cada átomo de sustancia y que nos conforma en nuestra realidad última y definitiva.
No, no somos simples productos de la evolución biológica abocados a la decrepitud, la muerte y la nada. No, tampoco somos criaturas lanzadas a la línea del tiempo cruel que como un trágico agujero negro, acaba devorando toda forma de vida. Somos una manifestación específica de la vida que siempre ha sido y siempre será, una parte insustituible de este cosmos que nos acoge y del cual formamos parte.
El cielo, como la felicidad, no hay que buscarlo, no hay que perseguirlo porque ellos son simplemente el resultado de una vida vivida con autenticidad, sentido y compromiso. En una época como la nuestra caracterizada precisamente por la pérdida progresiva del sentido de la vida, por el aumento alarmante de los índices de depresión, y por la confusión generalizada en cuanto a qué valores tienen que sustentar, motivar e iluminar la propia vida, hay que proclamar con voz bien alta que no es en absoluto necesario ni inevitable pasar por este sufrimiento, proclamar que la mayor parte del sufrimiento humano es consecuencia de nuestra ignorancia y de nuestros errores, y también de nuestra negligencia en no querer atender las demandas de nuestra alma que constantemente quiere vivir una vida en armonía con los valores elevados, eternos y perdurables que todos conocemos.
“El alma llama permanentemente a su reflejo, la personalidad” transcribía yo mismo en el último artículo de ahora hace quince días citando el maestro espiritual conocido como El Tibetano. El alma nos llama permanentemente y hay que  afinar el oído con sensibilidad y apertura de corazón y de este modo escuchar aquella voz que solo habla en el silencio de la mente, aquella voz clara pero sutil que por el mero hecho de escucharla ya nos llena de alegría, ya sana la mayor parte de las heridas de nuestro corazón y ya nos da la capacidad de crear, de dar forma a aquello que llenará de sentido cada momento de nuestra vida.
El Buda que tengo frente a mi  me sigue transmitiendo una serena alegría, y los ángeles que llenan de luz la habitación donde escribo, no solo siguen danzando con sus presencias sutiles sino que también llenan el espacio con una música de una belleza indescriptible. Me inspiran una vida llena de bondad y armonía. Ángeles ellos, gráciles hermanos experimentados en el camino de la evolución.
Publicado en el Dominical del “Diari de Girona” el 26 de noviembre de 2006
Enlace a la publicación original  en el blog del autor.

El código fuente de los atentos

La verdad es que no sabía como titular a esta entrada y por eso al final,  tirando de símiles informáticos, le he puesto el que puedes ver arriba, tipo Matrix o cosa parecida.
En cuanto a la foto, me he querido alejar de la tentadora imagen de un asceta, yogui de los Himalayas o monje zen en un templo japonés. No porque esto es desde el urbanita corriente y para el urbanita corriente, hasta el nada urbanita.

Pero…¿quienes son los atentos?
Los atentos, son los que practican aquello que hace unos días dialogábamos con Joselu y que él, considera como una práctica difícil de sistematizar y mantener en la vida corriente. Y no le falta razón. No podría discutirlo. Es difícil; muy difícil, pero si me permitís una valoración personal, a mi cuando me enseñaron estas cosas me dijeron: El noventa y ocho por ciento del éxito está en intentarlo. El conseguirlo solo requiere el dos por ciento restante (si se quiere entender). Dicho de otro modo; en coherencia con esta cuestión, saborea el intento y olvídate de si lo conseguirás (o que conseguirás)
Los atentos practican o viven su vida inspirados en lo que en occidente llamamos “atención central” y que es terriblemente confundido con  esa otra cosa que  más me parece un invento de pasarela de moda; “el mindfulness” o atención plena.

La atención central no requiere vivir una vida diferente de la que pueda llevar el común de los mortales. De hecho “los atentos” son mortales comunes que simplemente está atentos (ole tú! que redondo que me ha quedado). Se sitúan en su consciencia y desde ella observan los aconteceres exteriores y los procesos mentales (interiores) con el detalle similar al que presta un catador a lo que tiene en la boca.

Pero…¿esto es el código fuente?

No! esto es solo la forma en que se procesa. El código fuente se parece más a una ética conductual y aunque esté inspirad@ en el budismo (una religión que no tiene Dios), concretamente en el conocido Óctuple Noble Camino del Buda, es una propuesta, alejada de mandamientos, virtudes o valores religiosos semejantes. Fuente de tranquilidad y bienestar, sin promesas de cielos ni amenazas de infiernos.

Veamos que propone el código fuente de los atentos:

Desde la atención, entrena la Sabiduría.

  • Una comprensión correcta, que en lo relativo se responsabiliza de las acciones y los resultados de las mismas y en lo absoluto intenta comprender la naturaleza sustancial de tal absoluto.
  • Una actitud correcta, libre de emociones negativas y actitudes destructivas.

Desde la atención, entrena la Ética.

  • Un habla correcto, que no miente, no calumnia, no insulta.
  • Una acción correcta que no hace daño ni a uno mismo ni a los otros.
  • Un modo de vida correcto, que no explota ni causa sufrimiento.

Desde la atención, entrena la meditación.

  • Un esfuerzo correcto, con entusiasmo equilibrado y máxima constancia
  • Una observación sabia del presente sin agitación ni relajo. 
  • Una práctica meditativa correcta, alejada de fantasías y costumbrismos 


Para finalizar… 
repito algo que siempre he visto subrayado y enfatizado:
“Y si esto te dificulta, tu vida social, profesional o familiar, es que no has entendido nada”

No quiero vivir

No quiero vivir en un lugar donde los caminos no estén repletos de flores en sus costados.
No quiero vivir en un lugar donde la lluvia, cambie su munificencia por miedo, angustia y dolor.
No quiero vivir en un lugar donde el polvo y la arena invadan mi jardín.
No quiero vivir en un lugar donde las golondrinas vuelvan cada vez menos.
No quiero vivir en un lugar donde los ancianos no tengan su plaza, su fuente y la sombra de su árbol.
No, donde la puesta de sol se vista con un sucio manto de contaminación.
No, donde la luz urbana me apague las estrellas.
No, donde el ruido apague la música del silencio.
No, donde motores y bocinas amortigüen los gritos y las risas de los niños.
No, donde el olor del asfalto caliente, esconda la fragancia del campo recién segado.
No quiero vivir solo con el recuerdo de cuando estas cosas no nos preocupaban.