Meditaciones 8.1.21

 Y es en ese espacio de silencios prolongados, de cortinas tiradas y por donde apenas se cuela un rayo de sol que quizás provoque un imaginario escalofrío en las hojas de una planta. Y donde el vaivén rítmico, sosegado y cada vez más lento de un pecho que respira, inunda la consciencia de una paz amorosa y compasiva que aquieta una mente a veces loca, a veces sabia, a veces enigmática y que se acurruca en un rincón de quién sabe dónde…?

Y es en ese espacio de sonidos insonoros, de músicas calladas, donde un amor sin dirección concreta vuela sin rumbo fijo como una flecha sin punta que se vuelve mariposa.
Ojos entornados y fijos en un punto que ven pero no miran. Finalmente también cierran sus cortinas.
La percepción de un aire fresco al inhalar y cálido y húmedo al exhalar como si con él se fueran los fuegos interiores de pasiones destructoras. Y pasan los minutos y el tiempo se detiene. Un día, será para siempre.

Un poco de mi


En el cosmos interior (1985)

Dicen los astrólogos humanistas, los que no pretenden hurgar en el futuro, sino en las características psicológicas de los individuos, que los tránsitos de los planetas sobre los puntos importantes de la carta natal de los individuos muestran cambios también importantes en su desarrollo, formación, crecimiento o evolución (o como más te guste llamarlo).
Dicen que uno de los tránsitos importantes es el que ellos llaman el retorno de Saturno; es decir, el tiempo en que Saturno vuelve a ocupar el lugar en el Zodiaco, que ocupaba en el momento de nuestro nacimiento. Y eso ocurre siempre alrededor de la época en que cumplimos entre 29 y 30 años más o menos. Eso es lo que tarda ese planeta en dar una vuelta completa alrededor del Sol. (29,4 años)
Los astrólogos para intentar prevenir que tipo de cambio representará esa época en la persona ya adulta, investigan con su ayuda, como fueron las fases de crecimiento personal en los tránsitos intermedios. Así miran episodios de la vida del individuo a sus siete, catorce y veintiún años más o menos. Y tienen en cuenta, en base a sus teorías empíricas otras variables. 
Confieso que en un tiempo sentía una cierta fascinación por la Astrología, al punto de que quise saber un poco más y cursé durante tres años. Llegué a una conclusión fatal: Todas las interpretaciones están siempre teñidas por el inevitable filtro psicológico del interpretador (el astrólogo) y al mismo tiempo también llegué a la conclusión de que quizás pueda ser de cierta utilidad para un psicólogo, que verá, analizará e interpretara “como reaccionas tu a las interpretaciones astrológicas que te presenta. Eso le dirá cosas de ti. Pero nada mas; no concluyo que sea nada fiable. 
Pero… todo tiene un pero: Algunas cosas me siguen fascinando y asombrando. 
El retorno de Saturno, debe tener tanta fuerza simbólica que siempre cumple expectativas sobre su interpretación. Pondré un solo ejemplo para no alargar esta cháchara: Jesucristo, empezó su vida pública podo después de sus 29,5 años de edad. Dice la Biblia que estuvo en Egipto alrededor de su época de transito llamado cuadratura, (entre los doce y catorce años).  
En mi Saturno retornado ocurrieron cosas muy “de peso”. Mi vida cambió a partir de los 28 acercándose el retorno: Empezaron los problemas de convivencia con mi mujer. El matrimonio ya no era lo que debía ser y aunque no hubo separación y divorcio hasta más tarde, el cambio fue fundamental. En esa época, también tomé otra decisión que provocó mucho cambio y madurez en otras áreas del crecimiento personal: Dejé mi trabajo para abrir mi primera tienda de fotografía y dedicarme exclusivamente a ese mundo profesional. 
Y finalmente otro cambio fundamental fue el contacto con la meditación. Y tuve la enorme suerte de conocerla en un aprendizaje que comenzó a los veintisiete años y durante tres años de la mano de un buen profesor (Dios me libre de llamarlo maestro; que me mata) y amigo. Con altos y bajos, pero ha formado parte de mi vida desde entonces. Algo que creo que deberé agradecer por eones.
Pero Saturno no se para en su primer retorno. Sigue transitando. En otro tránsito de Saturno, esta vez una cuadratura, me casé de nuevo e incluso estuve en un periodo, cercano y convencido a una religión. Y podría seguir con el señor Saturno y como ha ido marcando acontecimientos en mi vida y sus cambios. Diagnóstico y tratamiento de un cáncer en otra cuadratura y no sigo porque se acerca otra y no quiero hacer cábalas. 

Conclusión: 
Pero bueno Ricard ¿tú crees en la Astrología?
—No. No creo ni en la Astrología ni tengo ninguna clase de fe, religiosa. No creo en mitos, ni dioses ni en mancias. No creo en agoreros, ni adivinadores de porvenir. No creo en nada que no sea demostrable con hechos empíricos. Pero, mucho cuidado, lo contemplo todo. Prefiero la confianza a la fe. Y esa confianza incluye esa inquietud universal sobre la transcendencia y el más allá. En realidad no sabemos absolutamente nada, sin embargo creemos saber muchas cosas. En cualquier caso pienso que puedo hacer dos cosas: negarlo absolutamente,  como hacen algunos con una firmeza que a mi se me antoja pura soberbia o vivir confiado en que aquello que no está a mi alcance ya se presentará en su día. Y como me gusta decir: nadie habrá para burlarse de los creyentes diciéndoles — ¿lo ves? estabas equivocado.— 

Mientras viviré, como siempre decía mi madre, que lo resume de forma insuperable: “como es debido”

La belleza

Recuerda siempre que aquello que tus ojos ven como hermoso, aquello que deleita a tus oídos y el placer que sientes cuando amorosamente acaricias la suave tersura del seno de la mujer que amas, es el fruto de la belleza. 
Recuerda el brillo de los ojos de aquel primer amor de juventud. El temblor ante el primer abrazo.
Recuerda la fijeza entre sorprendida y curiosa, de la mirada de tu retoño descubriendo a su padre, cuando aún siquiera balbucea sonidos incomprensibles que quizás su madre sí comprenda. Recuerda la emoción que te produjo; es el fruto de la belleza. 
Recuerda como ante el esplendor de un paisaje, cierras unos momentos los ojos y la belleza te sigue embargando aún si verla. Es el fruto de la belleza. 
Y agradece a la vida la belleza que te acompaña. Sí, agradécela porque habita en tu interior.
La belleza no está en las formas, no vive en las texturas, ni en los sonidos, ni en los colores. La belleza solo es el modo en que percibes tu alrededor. La belleza está en los ojos que la contemplan, en el alma que tiembla de emoción al escuchar la melodía. La belleza es el papel regalo con que se envuelve la cajita de tus virtudes. En definitiva, tú, eres la belleza.

El sonido del silencio

Le dije al silencio que bajara el tono de su voz y el silencio me respondió.
—Y como quieres que me exprese— me dijo en un silencio atronador.
—Con un silencio que sea silencio pero dulce —le contesté— Háblame como lo hacen las flores. Convierte el viento en tus labios. Grítame como lo hace el Sol naciente. Dime sin decir, así como hacen los dioses. Declámame aquello que has escrito, sobre el negro cielo de la noche con tinta de estrellas. Sugiéreme al oído aquella canción que dice que el amor todo lo mueve y todo es movido.

Y el silencio calló. Nada se podía oír; ni dentro ni fuera. 
Entonces pude escuchar atento los latidos de mi corazón cansado y de fondo, entre latido y latido, muy levemente, se oía el verdadero sonido del silencio.

Una vez más

Una vez más, me han preguntado por la meditación. Al parecer, estos días de confinamiento mueve a algunas personas que me conocen de tiempo, a querer saber algo más de lo que en un momento u otro formó parte de nuestras conversaciones, pero que se quedó ahí, sin más y que ahora rebrota tomando forma de curiosidad o inquietud. 

Pero yo no soy ni mucho menos un maestro espiritual, ni tampoco un “coach” (como se dice ahora), ni siquiera un gran meditador como sí son otras personas que tengo el privilegio de conocer. Solo soy una persona que ha tenido la suerte de conocer y conectar con esta práctica milenaria y si se me permite, también filosofía de vida.
Se me ha ocurrido que quizás entre los que tenéis la paciente virtud de leerme (sois pre-santos) pueda haber alguien que tenga curiosidad. Por eso y para ellos, le invito a saltar a esta entrada anterior en la que hablaba de todo esto. El título ya dice bastante de por donde van los bueyes: “No preguntes, siéntate”

Viaje con los ojos cerrados

Estaba tratando de hacer un poco de meditación, pero hoy, la mente se presentaba especialmente díscola, incluso traviesa.  Por experiencia acumulada, tengo muy claro que cuando eso ocurre lo peor que se puede hacer es tratar de imponerse. Suele ser una lucha que en ocasiones ganas, pero ¿para qué? Es el típico combate en que los costes superan los beneficios. Mejor, relajarse y buscar el partido más benéfico aprovechable. 
Así pues, he dejado que la memoria invadiera el control meditativo y le he permitido que se impusiera en el espacio mental para ver hasta donde viajaba. 
Y la memoria me ha llevado a un bello escenario, cuando de niño aprendía a leer.  Son de esos momentos de tanta calma espiritual y bienestar que desde luego, se agradecen y mucho!
Me parece increíble el poder mental que tiene la memoria para hacernos revivir instantes que permanecen ahí guardados, pero siempre me pregunto si “la prima hermana de la memoria”, la imaginación no pone también su granito de arena. Difícil de saber en algo como esto…
Calculo que tendría unos 5 años de edad. Lo sé porque fui al colegio por primera vez a los seis y por mi madre (e.p.d) que lo repetía hasta la saciedad,  como si de una victoria bélica se tratara, —ya fuiste aprendido—. Esa afirmación suya no era del todo cierta, aunque deduzco que la buena mujer, había conseguido aplicarme una cierta iniciación, en casa, tanto para la escritura como para la lectura.
Para ella era muy importante, sobre todo si tenemos en cuenta que aquella hija de pescadores de Finisterre se casó con diecinueve años y aprendió a leer y escribir gracias a mi padre.  
Mi memoria es básicamente fotográfica (o eso creo), seguramente porque la profesión marca con hierro y fuego. 
Veo una mesa de apariencia pesada, de madera maciza, gastada. Es una estancia que sirve para todo porque no hay otra que no sea dormitorio. A la izquierda hay un pasillo que lleva hacia la puerta de la casa. A la derecha dos puertas. Una sale al patio; la otra lleva a la cocina.
Una estufa de hierro con un tubo que asciende y se clava en el techo. Mi padre calentaba encima de la tapa superior, su “pan con vino” cuando volvía de la caza. Algún conejo despellejado colgaba de un gancho en la cocina —para baleirarse de sangue que se non, sabe forte. 
Mi memoria se recrea en el patio: Una gallinero al fondo (ese que me aparece cada vez que pronuncio o escucho aquello del aspirar a volar muy alto y lograr superar el techo del gallinero, del refrán chino) del cual, la madre recoge algunos huevos cada día. Un lavadero donde, en verano, chapoteo bajo el sol y sombra que ofrece un enorme fresno seguramente más viejo que la misma casa. Es ese patio, donde mi hermano mayor, jugando,  me ató a una silla, con los brazos en el respaldo, con el resultado de que al caer hacia delante me abrí el mentón. Años después, la cicatriz resultante, era una insufrible tortura para el afeitado, lo cual me convirtió en hombre-barba para el resto de mi vida. 
El hipocampo y la corteza cerebral, me devuelven al interior de aquel comedor. Puedo ver un cuaderno de lectura y otro de escritura. Sílabas básicas. No puedo oír la voz, pero la imagen que me llega es la de la madre señalando y supongo que voceando y ya un tanto nerviosa, las… m con a, ma y me con e, me. Mi,mama, me ama…  Señala las letras con un lapicero, mientras no se porqué, pero creo que noto el tacto de un soldadito de aquellos que parecían de goma en el interior de un bolsillo. 
Ele con a, la. Ele con e, le. Ele con i, li. Ele con o, lo. Ele con u, lu….
¿Como se corresponde al inmenso amor de una madre? Se hace, se intenta, pero creo que nunca es suficiente del todo.