Íntimo y placentero

A diferencia de los juegos eróticos, que no requiere de tantas exigencias, este placer se disfruta mejor con un poco más de luz. Aquel no cansa a consecuencia de la oscuridad que pueda envolver la experiencia. Este, sí. Requiere dos luces y cuanto más intensas mejor: iluminación y concentración.
Y ahora me pregunto: ¿Qué hace la cámara? ¿Lee o escribe?

Me muero

Tengo un amigo con el que frecuentemente tenemos conversaciones telefónicas, de distintas temáticas, generalmente alejadas de lo trivial y que forman parte de una ocupación intelectual que circunvala el eje central de lo que consideramos importante. Compartimos en gran parte, el modo en que asumimos nuestra inmersión en el proceso de morir o lo que es lo mismo: la vejez.
Los amantes de las frases hechas, suelen repetir aquello de que empezamos a morir desde el momento en que nacemos. Como pensamiento filosófico, es una forma un tanto burda de decir que ciertamente la vida es una manifestación biológica finita. Se puede ser mucho más preciso, incluso filosóficamente hablando.
Pero sabemos que si la representamos (la vida) gráficamente, no se trata de una línea más o menos recta y descendente, tampoco una curva o campana de gauss sujeta a simetría entre la fase ascendente y la descendente, pero si podemos representarla con una curva donde la localización de la meseta o parte más alta está sujeta a multitud de variables. Igualmente, lo empinado que sea el descenso, estará sujeto también a muchas variables. Pero -al menos hasta el día de hoy- nada ni nadie puede impedir el descenso.
Algunos expertos en medicina colocan la cúspide de la meseta alrededor de los 40 años, con la llegada de la menopausia para las damas y la andropausia para los caballeros. No considero importante la cifra. Llega cuando llega y no es algo que hoy no está y mañana sí. Es un proceso de bordes bastante desdibujados. Un poco más abajo veremos su forma, su expresión, su geometría. También es bien cierto que por regla general, a esas edades mencionadas, aún no somos conscientes del todo. Eso llega más tarde.
Pero llegue cuando llegue, asumirlo es muy importante y sin duda, una condición indispensable para que ese proceso descendente, de por sí incómodo, no se vea agravado con tristezas, depresión y una especie de psicopatía “revoltosa” que solo hace que provocar dolor.

Mi amigo y yo a veces nos saludamos de un modo de humor negro, pero que en el fondo nace de una actitud de aceptación (que no resignación) del proceso.
Que noi, com ho portes, et vas morint adequadament? (Que chico! ¿Cómo lo llevas, te vas muriendo adecuadamente?)
Saludo aliñado con alguna risa y el bromeo subsiguiente.

Hay que saber escuchar la sabiduría del cuerpo que nos habla con elocuencia, enviándonos señales. Es de necios, no escuchar al amigo más próximo que tenemos en vida. Ese complejo sistema que componen desde células prácticamente de desecho, hasta otras tan evolucionadas como las de nuestro sistema inmunitario o las que componen nuestro sistema neuronal. Nunca miente.

  • Aparición de enfermedades relacionadas con la edad – cardiovasculares, cáncer, diabetes, osteoporosis, neurodegenerativas…
  • Disminución del rendimiento intelectual – agilidad mental, memoria, concentración…
  • Disminución del rendimiento sexual – disfunción eréctil, pérdida de potencia del órgano sexual (dureza, duración y eyaculaciones menos intensas), disminución de la libido y deseo sexual… Menopausia y consecuencias parecidas en la líbido y el deseo en las mujeres.
  • Trastornos del sueño – dificultad para conciliar el sueño, sueño no reparador, interrupciones de sueño nocturnas, pocas horas de descanso…
  • Incremento de grasa en la zona abdominal y en el torso.
  • Deterioro muscular – pérdida de masa muscular (sarcopenia), musculatura más débil (kratopenia) y pérdida de fuerza y velocidad (dynapenia).
  • Pérdida de energía, vitalidad e incremento del cansancio y la fatiga.
  • Trastornos emocionales – fluctuaciones del estado de ánimo, mal humor, pesimismo, irritabilidad, ansiedad, malestar habitual, depresión…
  • Disminución del rendimiento físico y deportivo y de la capacidad de recuperación.
  • Rigidez, molestias y dolores articulares y musculares.
  • Disminución del colágeno y la elastina – falta de elasticidad en la piel e incremento de arrugas.

Cuando empiezan a aparecer estos síntomas que anteceden a este párrafo, llega el momento de comenzar a cambiar el “chip vital”. Hay que llevar a cabo una corrección o actualización de programario del sistema operativo y siguiendo con el símil informático, desconectar los periféricos que ya no solo son poco útiles, sino una carga de mal llevar. Es el tiempo de las renuncias. Saber renunciar, repito, aceptando y no por resignación. Acentuando la importancia de aquellas cosas que quizás antes no eran primordiales y convirtiéndolas ahora en “activos” que enriquezcan nuestro nuevo modo de vivir. No pondré ni un solo ejemplo, porque la reflexión sobre esta cuestión de las renuncias es totalmente personal y distinta para cada persona.
El proceso de envejecer y morir, forma parte de la vida y si lo miramos detenidamente, suele ser tan o más largo que otros periodos igualmente importantes, como la niñez, la adolescencia, la juventud. Morir adecuadamente es vivir cada momento de la vejez, con sabias renuncias que no provoquen tristeza y con la plenitud que nos ofrece el privilegio de haber llegado hasta el momento presente. Inclusive, el hecho de vivir una vejez serena, se me antoja que puede ser un homenaje a aquellos que por cualquier circunstancia no pudieron alcanzar momentos semejantes.

Soberbia

El que diseño el software que mueve al ser humano, cometió el error de dejar un “bug” sin corregir. Se llama soberbia y en ciertos círculos se le entiende como uno de los siete pecados capitales. No voy a ir por ahí, porque de dioses y biblias entiendo poco, pero reconozco en nuestra naturaleza que nos invade la soberbia.
Es curioso como damos por hecho la propiedad sobre la Tierra. Y no hablo de una parcela donde construir nuestra casa; hablo del planeta. Nuestro planeta, decimos.
No nos gusta reconocer que no somos más que un ínfimo accidente biológico. Una especie más, en un listado larguísimo; mas largo aún si añadimos las que ya no están.
Nos creemos diferentes por el hecho de –indemostrablemente– ser los únicos que tenemos consciencia. Los únicos que pensamos. Los únicos que nos reconocemos y los únicos que podemos pensar en la posibilidad de una transcendencia mas allá de la muerte. El rey de la creación. La cúspide del reino animal.
Pero todo este espejismo lo provoca la soberbia. Una luz extraña que deforma nuestra propia imagen.
Ni el planeta es nuestro, ni tenemos autoridad sobre nada, vivo o muerto que habite esta misma esfera. Somos una especie que como todas las que nos precedieron, está destinada a ser sustituida por otra. Es curioso; no nos damos cuenta o no queremos recordar que cuanto más compleja es la biología que conforma un animal, mas proclive es a sufrir sus propias debilidades.
Ahora en medio de una pandemia ocasionada por un virus que no es otra cosa que un artilugio biológico, sería bueno recordar que si este planeta es de alguien (en ese extraño sentido de propiedad que podría dar la supervivencia en el medio) es de los virus y bacterias. Ellos llevan poblando este mundo miles de millones de años y como explicaba ayer el Dr. Juan Fueyo, si los pudiéramos directamente con el sentido de la vista, entenderíamos cual es el enorme nivel de invasión que suponen. Si tuvieran la propiedad de la fluorescencia, no habría oscuridad nocturna
Antes que nosotros, están otras especies. Piensa en los insectos, por poner un ejemplo.
Si no rebajamos nuestra soberbia, por una causa u otra, duraremos lo que un Chupa-Chups en el patio de un colegio.


Foto: National Geographic

02.1.21

 

Si ya pasas de los 65 deberías haberte dado cuenta de que los días aún y con ser más incómodos, se perciben pasar con más rapidez que antes. Tu cuerpo te dice que aproveches el tiempo.

Como lo aproveches también es algo que debes reflexionar. No es preciso realizar proezas, ni dedicarse a alcanzar quién sabe qué. La atención a las pequeñas cosas, el cultivo de lo bello, la práctica de lo que es bueno y el acercamiento a lo auténtico. El abandono de las fantasías, el rechazo a aquello que no sea solidario y generoso.


Meditaciones

Mientras,  la vida se me escapa como lo hacen los fluidos por un manguito roto. Soy un dispositivo consumiendo su batería sin un cargador a su alcance. Soy una consciencia que no sabe hacia donde va a pesar de haber tratado de averiguarlo durante décadas; quizás a fundirse en el todo, quizás a desaparecer en la nada. 
Y en ese mismo tiempo volátil, contemplo el teatro del mundo desde un rincón  del escenario, interpretando el humilde papel asignado o quizás autoasignado, en ésta tragicomedia humana y tratando de permanecer hasta el cierre del telón y el comienzo del próximo acto… si lo hubiere.
Aceptación que no resignación. Más confianza  que esperanza. Agradecimiento y no pesadumbre. Luz y no obscuridad.
Y como siempre, decido dejar entreabierta, la ventana orientada hacia los vientos favorables, aquellos que llegan aromatizados con recuerdos de juventudes nunca olvidados. Vientos que también llegan con el olor de la sal mediterránea y el trigo recién cortado de los campos circundantes. Y son esos vientos los que balancean las cortinas. Cortinas de las ventanas y cortinas de la mente pendular que transita y oscila entre la calma y la ansiedad, entre la ilusión y la apatía. 
Es esa transición entre el otoño y el invierno de la vida. Cuando los días se acortan, no solo en luz, sino también en momentos y cuando esos momentos antes del anochecer adquieren relevancia.
Ya no es tiempo de perder tiempo. Es tiempo de sacudirse las necedades que nos rodean, las relaciones humanas estériles y abrazar las amistades verdaderas. Es tiempo de darse tiempo, incluso para lo más mínimo y aparentemente intrascendente. Lo dijo un sabio:

Mientras estés preparando un te, no lo bebas. Disfruta del aroma de las brasas.

Por eso me recuerdo a cada instante: no intentes recordar el mañana ni imaginar el pasado.

Imagen de Myriams-Fotos en Pixabay

Lo humano del ser humano

Una foto de mi época de “cazador urbano” Se titula: Persuasión (1980)


Una vez le preguntaron a Buda* qué es lo que a él más le sorprendía de la humanidad, y respondió:

Los hombres, que pierden la salud para juntar dinero, y luego pierden el dinero para recuperar la salud y por pensar ansiosamente en el futuro, olvidan el presente de tal forma, que acaban por no vivir ni el presente ni el futuro, viven como si nunca fuesen a morir y mueren como si nunca hubiesen vivido.

*Es posible que Buda no dijera nada parecido; o quizás sí. Es un personaje histórico que como a Leonardo, Woody Allen, Einstein, Groucho Marx y algunos más, se le atribuyen muchas más cosas de las que dijeron


¿Quieres seguir Mi blog en WordPress.?
Puedes usar la suscripción (recibir nuevos posts por email) que verás en la zona de widgets (al pie)